Archivos

Mary Christine, una soldado dominico americana transporta los millones de la guerra en Irak


ENGLEWOOD, New Jersey._ En una calle de este apacible pueblo situado a pocos minutos del Alto Manhattan, donde nació la joven estudiante universitaria Mary Christine Núñez de 20 años de edad, todavía se aprecian los grandes moños de cintas amarillas que frente a su residencia, invocaban el regreso con vida del frente de batalla en la guerra de Irak.

Mary, una inquieta mujer, inteligente, simpática y con el deseo de triunfo brotándole por las venas, nació y se crió en el sector de Washington Heitghs, el barrio estadounidense con mayor población dominicana en la Unión Americana, pero hace años, su madre decidió mudarse a Englewood, New Jersey a diez minutos del puente George Washington que divide los estados de Nueva York y New Jersey.

De allí, partió a la guerra, donde permaneció un año y por suerte y a diferencia de otros más de tres mil soldados abatidos, pudo darle a su madre el mejor regalo navideño del año pasado: volver sana y salva al dulce hogar.

Después de la gran fiestas de bienvenida que los suyos, vecinos, amigos y compañeros de la escuela secundaria donde se graduó, ahora, Mary, quiere encarrilarse en las aulas universitarias, pero sostiene en entrevista con este reportero, que siempre estará lista para regresar a la guerra.

En Irak, su trabajo tiene una marcada diferencia con la generalidad de los soldados interventores que combaten contra la nación islámica. Graduada en contabilidad, Mary, cuyos padres son oriundos de la provincia de Dajabón, en la línea fronteriza entre Haití y República Dominicana, fue reclutada por el Departamento de Defensa en su escuela superior y le ofrecieron trabajar en al área de finanzas.

Ella creyó en principio que se trataba de desempeñarse en alguna oficina del ejército haciendo cálculos matemáticos o administrando algunas sumas, pero su responsabilidad durante su estadía en Irak fue tan importante, como la de aquellos que tienen que enfrentarse en el día a día contra los adversarios para matar o morir.

Se le encargó transportar los millones de la guerra.
Mary explica que durante las noches y transportándose junto a compañeros de batallón en helicóptero por los oscuros e impredecibles recovecos de los peligrosos escenarios de la guerra, cargaba entre 16 a 18 millones de dólares en efectivo, cuya misión era entregarlos a contratistas que “reconstruyen” la devastada nación del Medio Oriente.

El miedo, la asechó frecuentemente en los primeros días, “pero después, me fui acostumbrando”, sostiene la muchacha que entró al ejército, no por vocación militar, sino porque las ofertas de garantizarle una carrera universitaria y un seguro de vida de 400 mil dólares en caso de que muera, la motivaron a firmar un contrato por seis años como combatiente disponible.

Durante ese período, Mary deberá estar siempre alerta y en condiciones de reintegrarse a su comando, en caso de ser llamada nuevamente.

Una mezcla de orgullo patriótico, remordimiento por las consecuencias de la guerra, cierta seguridad y estabilidad económica priman en ella. “Fueron a mi escuela secundaria a reclutarnos y cuando hablaron de lo que ofrecían, decidí, aunque vacilé en principio, enrolarme en el ejército. Fue más por el trabajo que me ofrecieron de trabajar en finanzas de la guerra, además la carrera universitaria que garantizan”, explica ella.

En sus ojos, las lágrimas se negaron a brotar, pero el brillo de sus retinas, hablaba por mil palabras, cuando se le recordó el sangriento y brutal costo de una guerra sin sentido. Consiguió el rango de “cabo especialista” en la Guardia Nacional que auxilia a los batallones del ejército.
“Vi como una buena oportunidad el pago de la universidad y en la guardia también ofrecen trabajos en las áreas que le interesan a una, pero el mejor beneficio, es el pago de los estudios”, afirma Mary Christine, mientras se dispone a ir a un trabajo que tiene como ayudante de una tienda en otro pueblo de New Jersey.

“Es verdad, ya son demasiado los muertos de esta guerra”, reconoce la soldado dominico americana. “Nunca pensé en lo malo, en que podría morir, sino en las cosas buenas. Gracias a Dios, nada me pasó, pero cuando ofrecieron el seguro de vida, ahí sí se me produjo un schock, porque pensé lo dan, porque podemos morir en cualquier momento”, añade.

Como joven al fin, Mary, dice que la juventud nunca piensa que pasará algo malo. “Jamás creemos que es a nosotros los jóvenes a los que nos pasaría algo malo, sino a los otros, sin embargo, cuando me tocó irme a Irak, dudé mucho, pero el seguro de los 400 mil me empujó. Me dije: me voy y ya se que si me muero, dejará a mi mami (su madre) y a mi familia en buen situación económica”.

Asignada a la Brigada 250 del Batallón 50 de New Jersey, comenzó a entrenarse en Wisconsin, donde por tres meses, tenía que levantarse a las cinco de la mañana cada día, hacer muchos ejercicios, correr varios kilómetros, aprender a usar diferentes armas, incluyendo su ametralladora, manejar carros blindados y camiones de transporte, esquivar fuegos enemigos entre estos los de mortero, destreza con el cuchillo y otras técnicas.

El 18 de noviembre del 2005, comenzó su trayecto como soldado de la guerra.
Como mujer en la guerra, dice no sentirse discriminada y en su cuartel en Irak, sólo había dos soldados femeninas. En Irak, conoció a otra soldado de origen dominicano de apellido García y residente en Texas, con la que se llevaba muy bien. “García y yo nos consolábamos mucho todas las noches y gracias a Dios, ella también regresó con vida”.


LOS MILLONES DE LA GUERRA
En su regimiento de Irak, sus jefes le entregaban en grandes paquetes entre 16 a 18 millones de dólares que ella tenía que salir a repartir en distintos lugares de Bagdad.
“Ese dinero no es para matar”, responde a una pregunta de este reportero. “Es para la reconstrucción de muchas cosas que son destruidas en la guerra”.

Durante su primer año en la guerra, nunca se vio en situaciones de alto peligro, por lo que no se vio obligada a hacer uso de su arma de reglamento. “Los compañeros, siempre nos protegieron, primero exploraban las áreas que teníamos que sobrevolar y si consideraban que había peligro, no nos dejaban salir del batallón”, recuerda ella, dejando que la nostalgia la traicione.

Al hablar de su trabajo en la guerra, Mary Christine sostiene que nunca sintió tentación alguna por tener tantos millones de dólares en sus manos y bajo su responsabilidad. “A veces, pensaba, sin me dieran aunque sean un solo cuadrito, viviera toda mi vida en paz”, refiere jocosamente. “Pero, gracias a Dios, nunca faltó un solo centavo y esos millones llegaban íntegros a sus destinatarios”.

Recalca que “ese dinero no es para matar, sino para pagarles a los contratistas para ellos construir carreteras, edificios y otras obras”. El dinero le era entregado en cajones con entre cuatro a cinco millones de dólares cada uno. “Nos íbamos de noche y regresábamos varios días después a la base”.

Sentía temor de que el helicóptero en que transportaba el dinero, fuera explotado en el aire, “pero todo el tiempo no podía estar pensando en eso, debido a que tenía que concentrarme en mis responsabilidades”.

Su miedo al comienzo de su llegada a Bagdad, se fue disipando con el paso de los días, pero después de haberse “curado” el pánico, mirando la caída de morteros a su alrededor y la destrucción de muchas áreas, ya no lo sentía con la misma intensidad.

“Aunque el miedo nunca se va”, sostiene Mary. Afirma que a sus pies, nunca cayó un cuerpo abatido ni de soldados, ni de civiles, por lo que su estabilidad sicológica es mucho mejor que la de otros que sí tienen que ver y vivir las terribles escenas de horror y muerte.

Enseñar Más

Artículos Relacionados

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Mira También

Close
Close