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El presidente en Taiwán. Por Juan Taveras Hernández

Todos los dominicanos quedamos gratamente satisfechos cuando visitamos Taiwán. No es para menos, sobre todo si tomamos en cuenta que hablamos de una isla más pequeña que la nuestra, unos 35 mil kilómetros cuadrados y 24 millones de habitantes.

Al presidente Leonel Fernández la pequeña Taiwán lo ha dejado “de una sola pieza” al ver un sistema vial que comunica al país por todos lados, un Metro hermoso, impecable, moderno, calculado en 150 millones de dólares por kilómetro, que ha contribuido a resolver el problema del transporte. Un millón de chinos utiliza el Metro todos los días.

Por supuesto el pasaje es subsidiado por el Estado, como en casi todos los países. El Metro no es rentable. Por eso no lo asume el sector privado.

El presidente Fernández quisiera convertir a este país en otra Taiwán porque ve muchas similitudes entre ambas naciones que yo, humildemente, quisiera destacar antes de que sigamos cogiendo gusto con la idea como lo hicimos con el “Nueva York Chiquito”, el “Miami del Caribe”, el “Chile del Caribe”, el “Mónaco del Trópico”, la Tercera Vía de Inglaterra y la Irlanda de la Primera Dama.

Como todos sabemos, el desarrollo de Taiwán no vino por azar, ni siquiera por el trabajo sostenido de los taiwaneses, que sí trabajan duro. Taiwán forma parte de China continental, lo que se conoce como China Popular desde 1949. Después de echar de su territorio a los japoneses, los comunistas se impusieron en todo el país obligando a al Koumintang, que dirigía Chiang Kai-shek, a refugiarse “momentáneamente” en la isla para desde allí intentar retomar el poder que estaba en manos de Mao Tse- Tung.

Taiwán se convirtió en una especie de quintacolumna de las potencias europeas y de Estados Unidos, que invirtieron en la isla miles de millones de dólares. Taiwán, y no China Popular con sus cientos de millones de habitantes y más de 9 mil 500 millones de kilómetros cuadrados, fue reconocida por esas potencias en las Naciones Unidas hasta 1979 cuando los comunistas, que lanzaron la consigna de una sola China, se impusieron, a tal punto que pocos países mantienen relaciones diplomáticas con Taiwán.

Entre esos pocos está República Dominicana.

De todos modos, en menos de 40 años Taiwán dio un salto espectacular en educación y crecimiento económico. Ellos, que contrario a nosotros se dieron un plan de desarrollo, que no se robaron el dinero que les llegó a través del Banco Mundial y de otros organismos crediticios, han salido del atraso y la miseria.

Taiwán no tiene analfabetos. La educación es gratuita y obligatoria hasta el noveno año. En el país hay más de 160 universidades. Más de 130 mil hacen maestrías, en tanto otros 50 mil hacen doctorados en la isla y en el extranjero.

Sus exportaciones se acercan a los 150 mil millones de dólares y las importaciones a los 125 mil millones de dólares. Sus reservas internacionales rondan los 300 mil millones de dólares. El desempleo está en un 4 por ciento.

El seguro social abarca a más de 22 millones de taiwaneses. El ingreso per cápita es de 14 mil dólares. Esos índices hablan por si mismos. Los de la República Dominicana también hablan por ellos mismos, pero inversamente. Sólo hay que leer los informes de Desarrollo Humano que rinde el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en nuestro país.

Y si no le basta, pregúntele a Elena Brineman, directora de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) en República Dominicana. Ella está preocupada, no por la “brecha digital” de Fernández, sino, como debe ser, por la brecha que separa a ricos y pobres.

Esa brecha es la que de alguna manera explica el fenómeno de la delincuencia y la criminalidad.

El Nueva York Chiquito no lo hemos superado. Ahora hay un muerto en cada esquina, un punto de drogas en cada cuadra, un asalto, un atraco o una violación sexual cada diez metros. Esas cosas no ocurren en Taiwán donde el nivel de delincuencia es mínimo.

Las instituciones han alcanzado respeto. El que se roba los fondos públicos termina en la cárcel. En Taiwán no existen las bocinas. A Cantinflas apenas lo han oído mencionar. Por lo tanto nadie sabe lo que es una “cantinflada”, tan popular hoy día en el gobierno.

Espero que el viaje número 21 del presidente en menos de dos años traiga cosas positivas para el país. Ojalá no lo hayan llevado al Centro Mundial de Comercio de Taiwán, que es más grande que la Universidad Autónoma de Santo Domingo.

De igual modo confío que su próxima gira por el extranjero no incluya Guantánamo.

DiarioDigital RD

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