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El aborto de la isla


Por MARIEN ARISTY CAPITAN

Los fríos barrotes me acogieron de repente. Estaba sola, humillada y lista para perder la libertad así como había perdido la paz y la dignidad. Pero lo que me dolía era el alma. Y el dolor era tal que, en un instante y sin darme cuenta, desperté del ciego sopor en el que me encontraba.

Todo había sido, para mi tranquilidad, una pesadilla. Nítida, la recordé y anoté cada detalle. Por algo había llegado. Quizás, para que la compartiera hoy.
Mi desgracia comenzó una noche cualquiera. Salía de la universidad y alguien, abusando de mi soledad, se hizo con mi cuerpo a pesar de que no era mi voluntad. No le conocía de nada pero me dañó para siempre.

Un mes y medio después supe que estaba embarazada. No era de mi novio, estaba claro, porque él había estado lejos. El horror se apoderó de mí y, en contra de los principios y la misma ley, decidí abortar ese hijo que no deseaba ni podría amar jamás.

Algunas personas intentaron disuadirme. Los legisladores, me recordaban, habían penalizado el aborto en todas sus aplicaciones (hasta el terapéutico). Yo les respondí lo siguiente: ¿puede un hombre, que no sabe lo terrible que resulta una violación, decirme que estoy obligada a tener el producto de un delito?

Imaginé mis nueve meses de gestación y el parto posterior. Fue un martirio. También el pensar en quedarme con ese hijo al que odiaba porque me recordaba el peor momento de mi vida. ¿Qué hacer? Dejarlo en un albergue. Tampoco fue una opción alentadora: ¿cómo dejar a un niño, que no tiene la culpa de nada, a merced de los peligros que se encuentran en esas instituciones (desde el abuso hasta la miseria)?

No había más opción. Tendría que abortar. Y lo hice. Por eso, porque en la clínica se dieron cuenta de que había tomado algo para interrumpir el embarazo, terminé en la cárcel. Una enfermera, puritana, me denunció a pesar de los cinco hijos que tiene pasando hambre –y el sexto que está a punto de nacer-.

Soy asesina, me dije, por unos legisladores que no entienden mi dolor. Y desperté. Aliviada y preocupada, toqué mi vientre y en él no había nada; sólo era un atisbo de indignación lo que me quemaba el cuerpo.

Pero la indignación tenía más de un motivo. Amén del aborto, que me parece debe dejarse a opción de la mujer y no de la Iglesia o del Estado, también me sentí traicionada por la aprobación de la isla artificial y por los préstamos del metro y la Policía Nacional.

La verdad es que los congresistas se la lucieron en su última legislatura. Nos fastidiaron, de mala manera, aprobando todo aquello que supuestamente no iban a dejar pasar. ¿Qué les hizo cambiar? Hubo un estímulo externo, supongo, de muchísimo peso.

Es que sólo así se entiende que aprobasen un préstamo para que una empresa de muy dudosa reputación haga la compra de los equipos. Lo peor es que esa empresa, cuyo único trabajo será la mediación, se forrará con el contrato.

Estas son cosas que no deberían suceder. Pero, ¿cómo evitarlo si el gobierno sabe que por más que nos quejemos al final aceptaremos lo que haga? Nuestra sociedad, la culpable de todo, sufre de una terrible dolencia: la indiferencia. Cuestiona, a veces, pero nunca impide nada.

No lo hizo con el metro ni lo hará con la isla (un proyecto que sí se debió abortar porque puede traer una estafa). No lo hará con el aborto ni con la Policía. Tampoco con el toque de queda que nos han impuesto (puedes salir pero te chequean cual delincuente en cada esquina y, si estás cenando sin beber, cierran el lugar en el que estás).

Nos quitan las libertades y nos regalan los absurdos. Menos mal que la semana pasada tuvimos a Ricardo Arjona aquí. Eso fue lo único bueno que pasó. Por lo demás fue una auténtica pesadilla. Aquella que, en lo que al aborto se refiere, nos habla de una doble moral que ata y condena a las mujeres aunque sean las víctimas.

Unas víctimas que no tienen voz. Tampoco oportunidad de contracepción. Todo por la Iglesia, y que me perdone el cardenal, que ni lava ni presta la batea: sólo juzga, sin educar, y nos estigmatiza.

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